La peor obsesión

Empezó sin que me diera cuenta. Notaba diseños bonitos, y algo en mi cerebro los archivaba, y sin querer, fui desarrollando un ojo para eso. Me daba cuenta de composiciones de color, arreglos, espaciados, y principalmente, tipografía.

Cuando estaba chiquito y mis papás me llevaron a Disney, no podía más que notar que cada uno de los letreros que había a través del parque estaban cuidadosamente diseñados para congeniar con sus alrededores.

Esas y otras experiencias fueron convirtiendo mi afición con el diseño y tipografía una obsesión. De pronto estaba ya consciente del hecho que a todo le buscaba la forma, si algo me gustaba, entraba al catálogo en mi cerebro, si no me gustaba, aprendía cómo no hacer algo.

En la secundaria, cometí el grave error de aprender a usar Photoshop. Descubrí que es muy fácil ser crítico, pero es bastante difícil ser de los que hace algo que merezca ser criticado. Entre que aprendí y APRENDÍ Photoshop, pasaron años.

Entonces, armado con un buen ojo y una habilidad decente, me convertí en el peor crítico. Casi nada le llegaba a mis estándares, soy buenísimo para decir, "pff, yo lo podría hacer mejor", o "no manches, se esmeraron en hacerlo feo".

Es una maldición, y los errores más garrafales son los de tipografía. En todos lados, parece que nadie ha aprendido de espaciado, estilos, colores, nada. Esta obsesión que llevo tantos años cultivando se revuelca cada que veo letreros que usan Comic Sans, o nombres de edificios cuyas letras están horriblemente espaciados.

Si tuviera el dinero suficiente y la gente de hecho lo fuera a leer, le regalaría a todo mundo el mejor libro que se haya escrito, The Elements of Typographic Style de Robert Bringhurst. Si tan sólo todo mundo leyera ese libro, estoy más que seguro que se acabarían los letreros feos.

Como eso no va a pasar, no me queda otra más que seguir sufriendo cada que veo letreros feos.